martes, 27 de noviembre de 2012

Es no querer saber.

Mientras intento recoger algunas de esas palabras que, en la inmensidad y en la levedad de los días, me acompañan, me invaden, me llenan y me tocan, comparto en este espacio, un poco deshabitado pero no olvidado, las palabras de otros; palabras que me brindan la necesidad de leerlas, acogerlas y no dejarlas escapar jamás.

A quienes nos hemos preguntado por ella, a quienes pensamos haberla sentido, a quienes aún no la conocen, a Miguel Falabella, quien se atrevió a (d)escribirla...con ustedes, la Saudade:

***

"Agarrarse el dedo con una puerta duele. Golpearse la cara contra el piso, duele. Torcerse el tobillo, duele. Una bofetada, una trompada, un puntapié, duelen.
Duele golpearse la cabeza con el borde de la mesa, duele morderse la lengua, una caries y piedras en los riñones también duelen. Pero lo que mas duele es la saudade.
Saudade de un hermano que vive lejos. Saudade de una cascada de la infancia.Saudade del gusto de una fruta que no se encuentra más. Saudade del papá que murió, del amigo imaginario que nunca existió…
Saudade de una ciudad. Saudade de nosotros mismos, cuando vemos que el tiempo no nos perdona. Duelen todas estas saudades. Pero la saudade que más duele es la saudade de quien se ama.
Saudade de la piel, del olor, de los besos. Saudade de la presencia, y hasta de la ausencia consentida.  Tu podías quedarte en la sala, y ella en el cuarto, sin verse, pero sabiéndose ahí. Tu podías ir para el dentista y ella para la facultad, pero se sabían allí. Tu podías pasar el día sin verla, ella el día sin verte, pero sabían del día de mañana. Pero cuando el amor de uno acaba, o se torna menor, al otro le sobra una saudade que nadie sabe cómo detener.
Saudade es básicamente no saber. No saber más si ella continúa sufriendo en ambientes fríos. No saber si él continúa sin afeitarse por causa de aquella alergia. No saber si ella todavía usa aquella mini. No saber si él fue a la consulta con el dermatólogo como prometió. No saber si ella se alimentó bien últimamente por causa de esa manía de estar siempre ocupada. Si él estuvo yendo a las clases de inglés, si aprendió a entrar en la Internet y encontrar la página del Diario Oficial. Si ella aprendió a estacionar entre dos coches. Si él continúa prefiriendo la cerveza oscura. Si ella continúa prefiriendo jugo de naranja. Si él continua sonriendo con aquellos ojitos apretados…Si ella sigue bailando de aquella forma enloquecedora…Si él continua cantando tan bien. Si ella continua detestando Mc Donald’s. Si él continua amando. Si ella sigue llorando hasta en las comidas.
Foto: Jenny Giraldo García
Saudade realmente es no saber. No saber que hacer con los días que son más largos, no saber cómo encontrar tareas que detengan el pensamiento, no saber cómo frenar las lágrimas al escuchar esa música, no saber cómo vencer el dolor de un silencio… Saudade es no querer saber si ella está con otro y, al mismo tiempo, querer. Es no saber si él está feliz y, al mismo tiempo, preguntar a todos los amigos por eso… Es no querer saber si él está más flaco, si ella está mas linda. 
Saudade es nunca más saber de quien se ama, y mismo así doler.
Saudade es esto que sentí mientras estaba escribiendo y lo que tu, probablemente, estés sintiendo ahora después de leer…’En alguna otra vida, debemos haber hecho algo muy grave para sentir tanta saudade…’"
Miguel Falabella

domingo, 29 de julio de 2012

El aula como un espacio de ausencias



Hablar para ser escuchado no es algo que muchos desconocidos hagan: por lo general hablan para afirmarse, para conseguir adeptos, para entronizarse, para despotricar, para marcar territorio. Dicen cosas para otros que escuchan, pero cuya presencia es inexistente. Así, un cuerpo no le habla a otro cuerpo, sino a una silueta. […] Un hombre habla, otro escucha: eso no es suficiente.
Carlos Skliar.

De acuerdo con las múltiples lecturas que es posible realizar desde el contacto con la escuela, con la educación y con las aulas, me he detenido a pensar en algo que, de un tiempo hacia acá, vengo sintiendo alrededor de ello, y es el aula como un espacio de ausencias; tanto corporales como espirituales, donde, pese a que existan muchos cuerpos en cada una de las sillas que conforman el aula, hay ausencia de voces, de escucha, de diálogos, de almas…ausencias en aquellos “cuerpos presentes”. Y es sobre esta segunda expresión sobre la cual quisiera detenerme en las siguientes páginas donde pretendo acercarme a una clase universitaria en clave de comunicación pedagógica, es decir, de aquellas interacciones y aquellos encuentros, espacios y momentos que se desprenden de dicha clase, un curso de psicolingüística para ser más precisa y en el cual he logrado sentir esta mencionada sensación.

Comencemos con algo básico pero, en mi opinión, determinante: el salón. Este curso, perteneciente al plan de estudios de la Licenciatura en Humanidades, Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia es dictado, literalmente dictado, los días lunes y miércoles en las horas de la noche en el aula 9-316, sí, la misma que en otros días se ve revestida de palabras, de imágenes, de cuerpos y, tal vez, de presencias. Allí, y en compañía de un proyector de filminas, es donde el “maestro” se dispone a hablarnos sobre la afasia de Broca, de Wernicke, de la plasticidad cerebral, de las apraxias, la afonía, la disartria, la dislalia, la disfemia, la dislexia…es decir, del múltiple manejo de sus conceptos y de sus conocimientos.  

Y entre ellos, el profesor titular VI llega al aula con el ánimo de explicarnos de qué forma el hombre adquiere el lenguaje, no la lengua, el lenguaje, dejando claro, clase tras clase, que es el cerebro el principal protagonista de este proceso y como segunda instancia aparecen los otros, la sociedad y la cultura como aspectos que aportan al mismo.

Es imposible, entonces, no entrar en debate con estas ideas tan discutibles y refutables cuando se trata, precisamente, del lenguaje, un tema tan diverso y, a veces, tan inexplicable. Pero no será éste el espacio para hacerlo, y el curso de psicolingüística, tampoco.

Además del proyector de filminas, hay otro elemento sin el cual no sería posible dirigir el curso: el libro. Éste consta de unas quinientas o seiscientas páginas, donde son recogidos los treinta y cuatro documentos por abordar a lo largo del semestre académico. Estos tienen un dueño desde el comienzo de la clase, un dueño que, para este caso, son los catorce alumnos matriculados. Así, además de las intervenciones del maestro, hay algunas clases en las cuales somos nosotros quienes tenemos la palabra, pero no la nuestra, la palabra de unos cuantos autores quienes, como el profesor, consideran que es desde el cerebro donde se regulan todas y cada una de las acciones del hombre, ya no sólo en relación con la lengua, sino en relación consigo mismo y con su entorno.

Así, entonces, van pasando las clases de psicolingüística: intervenciones por parte del maestro, su conocimiento, su cerebro y sus diapositivas, en frente de un grupo de estudiantes para quienes, en algún momento, fue más importante la visita de una mosca que esa extraña presencia-ausencia del maestro que aquí se menciona. Su cuerpo, en frente nuestro, sólo me permite observar a un hombre que tiene saberes y más saberes en su cabeza, un monólogo de conocimientos en donde los saludos, las miradas, las preguntas y los errores no tienen cabida.

Y aunque exista una parte de la clase en la cual el maestro relegue la palabra al estudiante, como bien lo enuncio líneas arriba, no deja de ser esto un cuestionable momento dentro del curso, pues cada uno se encarga de leer el texto correspondido, lo cuenta a los demás compañeros y, cuando finaliza, el profesor titular continúa con su clase y sus filminas, como él mismo las llama.

¿Por qué decir, entonces, que éste es uno de esos espacios escolares habitado por ausencias? Porque, sin duda alguna, existe un gran distanciamiento entre el maestro y los estudiantes, porque el maestro está allí, al lado del tablero, a veces de espalda, otras veces con su mirada puesta en el piso y, algunas escasas veces, con su mirada en frente nuestro. Porque mientras el maestro discute y dialoga con él mismo y con su saber, nosotros, los estudiantes, nos disponemos a otro tipo de encuentros que no están, precisamente, en el ámbito psicolingüístico: conversaciones con los infaltables black berrys, cuadernos que, en lugar de apuntes, tienen flores, rostros y tribales, risas y sonrisas que se convierten en una suerte de complicidad. ¿Hay allí alguna interacción? Sí que la hay: la del maestro consigo mismo y la que hay entre nosotros donde, con sólo mirarnos, nos damos cuenta de que éste no es el mejor lugar en el cual hemos estado o el lugar en que queremos estar. Pero…¿hay interacción con un saber, con un tema o con un asunto que nos movilice, que nos cuestione y que nos haga sentir vivos como los maestros que somos o que, quizá, seremos?

Es un espacio de ausencias porque estar allí, de cuerpo presente, no significa, exactamente, estar con los sentidos, con el deseo y con el gusto. La mayoría del tiempo el aula está invadida por silencios que dan a entender que no estamos en conexión con la clase ni con sus dinámicas y que, como lo expresa el profesor Carlos Skliar, en esta clase “un cuerpo no le habla a otro cuerpo sino a una silueta” porque el cuerpo, tal vez con su cerebro como compañía, esté en otras búsquedas y en otros momentos. Y aunque sobre el tema de psicolingüística haya mucho que decir, haya mucho por contar, por saber y, quizá, por aprender, y siguiendo con la frase que gratamente encabeza este texto, el hecho de que un hombre hable y otro escuche, no es suficiente; no es suficiente para crear, para discutir, para debatir y, mucho menos, para interactuar.

***
Aprovechar el curso de psicolingüística como un ejemplo para la interacción pedagógica es un vivo retrato de lo que me pasa durante este encuentro académico, en el cual tengo mi mente (a propósito de mente, a propósito de cerebro) y mi cuerpo dispuestos en otro lugar o, mejor, presentes en otro espacio. Mi silueta está allí, lo sé, pero yo, con todos mis sentidos, estoy preguntándome por cada detalle sucedido en la clase, estoy pensando en la importancia de cada uno de los conceptos clínicos y biológicos de los cuales el maestro habla, sabe y conoce. Estoy mirando al maestro y preguntándome qué es lo que lo apasiona, qué es lo que verdaderamente quisiera enseñar. Observo a mis compañeros y sus rostros inexpresivos (como el mío) cuando tienen su vista en frente del profesor y me pregunto ¿qué estamos haciendo allí? ¿Estaremos tratando de retener cada concepto impartido por el docente con el ánimo de no perder el examen final? ¿Qué es lo que, realmente, está pasando en este curso, en este espacio de silencios y de ausencias?

Puede que a nivel de conocimiento y de saber sea muy poco lo que, hasta ahora, se haya visto atravesado por mi cuerpo, puede que al final no logre encontrar la fórmula exacta para detectar en la escuela a un niño con problemas en su aprendizaje al hablar, pero me queda toda una lectura alrededor de ciertas dinámicas universitarias que, desde lo que vivo y lo que siento, se convierten en una amalgama de sinsentidos y en donde la única experiencia que me puede atravesar es la que plasmo en estas palabras, palabras llenas de desencanto e incertidumbre.

lunes, 2 de enero de 2012

Espacios y ausencias

Para Juan Ángel Q. Por su presencia, siempre.

Hace poco conocí una serie fotográfica titulada Ausencias de Gustavo Germano, en ella se retratan personajes invisibles, víctimas de la dictadura militar argentina. Consiste en que, a partir una imagen antigua, se recrea la misma imagen, ahora actual pero con un lugar vacío, un espacio vacío y ausente y, al mismo tiempo, con la fuerza de un alguien que, sin duda, está todavía presente; porque cuando se siente la ausencia de alguien, de algo es, tal vez, porque está más vivo y más cerca que nunca. (Esa inverosímil sensación de que la muerte es como la vida y viceversa). El siguiente es un ejemplo de aquella estremecedora muestra fotográfica:


Hay ocasiones en que, como dice el dicho, una imagen vale más que mil palabras. Hoy, dos imágenes valen más que muchas palabras, palabras que se han ido y han sido escuchadas por el aire, por el miedo y el silencio, esos espacios abstractos que se convierten, tarde o temprano, en la compañía y en los amantes de muchos o de todos.

Tal vez, las siguientes fotografías no tengan la profundidad y tenacidad de Germano en su trabajo artístico e investigativo, pero quizá logren ilustrar esa ausencia-presencia de la que hablo, ese sentir de cerca a un alguien que está lejos pero no está ausente, ese recuerdo inevitable de unos pocos buenos momentos y ese inexplicable y aplicable interés por volver a esos espacios que, una vez, estuvieron habitados por cuerpos y por palabras y que hoy los habita la ausencia, la lejanía, el recuerdo pero, nunca, el olvido:



domingo, 12 de junio de 2011

Las dueñas de la calle


Son muchas, muchísimas, bellas, bellísimas. Son putas, putísimas.

Son las mismas de todos los días y en cada cuadra, en cada casa, en cada puerta están ellas en pie. Vendiendo compañía y esbeltez. Vendiendo sus cuerpos. ¿Y sus almas?, tal vez ésas no estén a la venta.

Mañana, tarde y noche, en cualquier momento del día, ellas son las dueñas de la carrera Cundinamarca.

Las raíces de su vida están ahí, en aquella larga y agobiante calle, listas para ser arrancadas cuando la vida misma decida, cuando lleguen otras, más bellas, más putas, a convertirse en las nuevas dueñas de la calle, en las nuevas dueñas del placer.

Sus esperanzas, en cambio no mueren, pues ésas nadie, ni la más bella, ni la más puta, podrá arrancarlas. Esperanzas que se nutren con las ganas de un hombre insatisfecho, de un hombre infeliz; esperanzas que despiertan con la sonrisa de unos niños que aguardan solos, en su casa, por un padre, por un plato de comida, por una prenda para vestir, un juguete, un cuaderno o un libro para salvar a su mundo, a su realidad.

Esperanzas acompañadas de tristeza y de rencor, esperanzas que se duermen cuando va cayendo la noche, cuando esa calle, caótica en el día, va adormeciendo sus aceras; esperanzas que se duermen con el último hombre que disfrutó del placer vendido…las esperanzas de aquellas dueñas de la calle que duermen, pero no mueren, esperanzas que nunca mueren.

domingo, 13 de febrero de 2011

Guayabal 141


Lunes, siete.

Mientras él cuelga en su espalda el costal repleto de zapatos rotos para ir a vender y revender, ella le acomoda los que caen al suelo con mucho cuidado, aunque en unas cuadras más adelante, caigan de nuevo algunos zapatos impares y ya no está ella para recogerlos.

Martes, ocho.

Hoy el calor es infernal. Mientras yo muero por un vaso con agua, allá, en la acera, una pequeña se emociona con un poco de agua sucia, en un frasco, que su mamá sostiene entre brazos. Ella bebe, enjuaga su rostro (que es sólo de felicidad) y mientras su mamá da una vuelta para quitarle el agua, ella, con un poco de malicia, trata de obtener su último sorbo de agua durante el resto del día.

Miércoles, nueve.

No para de mirar, sus ojos y su cuerpo van hacia arriba y hacia abajo. A través de sus gafas, su pucho de marihuana, su pinta, su actitud y su postura, se puede entrever el mandato, el poder que tiene en la cuadra. No lo observo mucho, me intimida. Le esquivo mi mirada a ese par de lentes oscuros.

Jueves, diez.

En medio del bullicio, de la gente, de los olores, del ir y venir rutinario, hoy hay algo extraño en el ambiente; una, dos, tres manchas verdes van saliendo de los locales. Hablan con ellos, los observan, los requisan. No son bienvenidos. Y el joven de lentes oscuros, esta tarde, no está.

Viernes, once.

En la misma esquina de los zapatos rotos, hoy hay para la venta camisas blancas; de todas las tallas, de todos los estilos, pero no de todos los colores, sólo blancas. Lleve las tres camisas blancas por $10.000. Y ese hombre, bien vestido, se agacha, las mira detalladamente, las huele, las selecciona. En su rostro puede verse satisfacción, las camisas no están en mal estado. Entrega su billete con el rostro de Policarpa y se sella el negocio con un apretón de manos.


Sábado, doce.

Otra fea tarde de un sol exagerado. Me monto al bus y no quiero perderme el espectáculo de los sábados al medio día. El comercio crece, la gente se multiplica, no hay por donde caminar. Ya no se reconoce a nadie. Hoy no son sólo zapatos y camisas blancas, hoy hay pantalones y chaquetas; celulares, controles para el televisor, toda clase de repuestos; muñecas, juguetes, triciclos y bicicletas; bolsos, maletas y riñoneras; hay música, películas y video juegos, revistas y libros; porcelanas y artículos de cocina; toallas, telas, más ropa, correas, maquillaje y artículos personales. Hay personas, borrachos, gamines, señoras, señores, niños y jóvenes. Todos trabajan, todos se mueven. Hoy no hay manchas verdes, están tranquilos, puede trabajar, apostar, jugar, fumar y beber, todo al mismo tiempo. Algunos venden mucho, otros no tanto, pero sí lo suficiente para llevar la comida a sus casas.



En la parada obligada de la ruta 141 de Guayabal, justo en el Centro Comercial Los Puentes, hombres y mujeres van y vienen, el comercio de lo usado, la clandestinidad de la marihuana y, a lo mejor, otros tantos psicotrópicos y la indigencia, aceptada como parte del paisaje; todo esto lo observo sólo desde una parada de bus, pero mis curiosos ojos se quedan allí, una vez retoma la marcha el 141.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Diez miradas, diez voces


Diez rostros, alegres y tristes, fueron los que me dieron la bienvenida al recorrido por La Sierra, barrio de la comuna 8 de Medellín, ligado a una fuerte historia de violencia ilustrada, en su mayoría, por un falso documental, que hace que las personas se asombren o sientan miedo cuando escuchan el nombre del barrio.

La Sierra no deja de ser un barrio diferente a muchos que conforman la ciudad: casas pequeñas con techos y pisos de madera ajada por los años, calles agrietadas adornadas de basura, malos olores de cañadas taponadas, perros callejeros buscando refugio, paredes rayadas expresando una verdad, una cancha de fútbol, un colegio público, un colegio privado, una pequeña biblioteca, una iglesia, una casa cural, una acción comunal y un Punto Común, este último forma parte de la transformación social que ha venido teniendo La Sierra en los últimos años, al lado del transporte público, la vía principal para llegar hasta el barrio y los proyectos de intervención víal en los que la Alcaldía ha incluido a esta zona de la ciudad.

Sin embargo, durante mi visita, percibí algo diferente, algo único, de sus habitantes y sólo de ellos: ese carácter y ese orgullo que los caracteriza por pertenecer a su barrio, lo quieren, lo cuidan y no se dejan afectar por esa fama que el comercio le creó.

Millones y millones de escalas, aceras estrechas. Me sentía en un laberinto, un laberinto mágico del cual no quería salir, pues estaba sumergida entre las miradas de la gente que, en ningún momento, fueron de desagrado como alguna vez me lo hicieron saber, estaba sumergida entre las fachadas de las casas, unas llenas de color, de flores, de baldosines y ropa en las aceras que adornaban la lúgubre monotonía de las escaleras; otras abandonadas, con fisuras en cada parte de la vieja madera que la conformaban, sin un rastro de color, sin un rastro de alegría.

Recuerdo bien que una de las expectativas que tenía al subir a La Sierra, era la de encontrarme con un barrio feliz y así lo noté: un barrio feliz pero a la vez triste por el hecho de que muchos de sus habitantes se encuentran encerrados en su propio entorno y pasar a otro barrio significa generar conflictos, generar la guerra. Sin embargo, entre libros, lecturas, juegos, bailes y música, viven algunos habitantes del barrio y eso refleja, de algún modo, la felicidad con que quería encontrarme.



Además de estas actividades que transforman los días de La Sierra, están esos otros rostros que se mezclan entre la felicidad y la tristeza: son los jóvenes del grupo musical La Dinastía, un grupo de muchachos quienes a través de la música le otorgan otro sentido al barrio. Cantan para acabar con la guerra, ese es su mayor propósito y aunque no acaben la guerra mundial o del país, acaban con la guerra entre los vecinos, acaban con la guerra entre ellos mismos.

Diez miradas, diez voces, diez percepciones que se unifican para dar un último grito: “la guerra va a parar”, y éste no permite que el miedo, la angustia o el odio permeen por las aceras y escalas laberínticas del barrio, pues ellos, antes que nada, son la voz de la esperanza y de las ganas de un futuro, no mejor ni peor porque eso no se sabe, sino simplemente un futuro, así como su presente que, ni bueno ni malo, es un presente que se va entre la música, el estudio, el ‘parche’, en donde se reúnen a cantar, y las calles de la mitificada Sierra.



Gracias a Chaka, Papo, Sasy, Notty, Meka, Doncel y Rs, por mostrarme su barrio, su Sierra

jueves, 8 de julio de 2010

UN ANGELITO EN EL PANTANO




Si dejas obra,
muere tranquilo,
confiando en unos pocos
buenos amigos.
A.C.


Unos pocos buenos amigos es una frase que me recuerda, sin lugar a dudas, a Andrés Caicedo, sin embargo no conocía la historia exacta de la frase y no lograba evocar en donde la había leído, simplemente sabía que algo tenía que ver con ese enigmático, “loco”, sabio y alucinante personaje. Supe, entonces, después de indagar un poco, que “Unos pocos buenos amigos” es el título que lleva el documental realizado por Luis Ospina , sobre Caicedo y aquellas relevantes cosas que fueron parte de su vida y de su destinito fatal: Angelita y Miguel Ángel, la cinesífilis, Cali(calabozo), el actor Jerry Lewis, el atravesado, H.P. Lovecraft, etc.

Unos pocos buenos amigos eran los que tenía Caicedo y uno de ellos quiso rendirle un homenaje para lograr (también con sus textos) la inmortalidad de alguien que quiso vivir en otro mundo y que a los veinticinco años pensó que en su vida todo estaba consumado, que su paso por este mundo, por ese Cali que le tocó vivir, ya había finalizado. Y antes de su suicidio logró dejarle a Cali su primer cineclub y su primera revista de cine: Ojo al cine, pues Andrés fue CINÉFILO ante todo.

Les confieso que la idea de este texto no era, precisamente, hablar de Caicedo, pero lo que tenía en mente no dio resultado, entonces decidí prolongar estas líneas y regalarme un tiempo para pensar y escribir sobre ese hombre que, estoy segura, me hubiera gustado conocer. A veces siento que no puedo frenar cuando comienzo a indagar sobre su vida y su obra, cuando comienzo a pensar en la Cali de los años 60s, en esa que
“espera, pero que no le abre las puertas a los desesperados”, en ese tránsito entre la salsa y el rock, entre las pepas y la marihuana, entre la amistad y el sexo, entre el norte y el sur y entre lo bueno y lo malo.

Comencé (desesperadamente) a buscar el documental, quería verlo y encontrarme por un rato con el despeinado de lentes gruesos. Hoy, días después de haber visto el mencionado documental y de haber comprendido aún más la frase Unos pocos buenos amigos, son varias cosas las que me quedan por decir de Andrés Caicedo, por ejemplo, que lo seguiré leyendo y no me importará la edad, porque sus obras no son sólo historias para jovencitos, sus historias están ahogadas en un mar de sufrimiento y de desolación que todos, en algún momento, siempre sentimos. Si bien su vida fue corta, fue intensa y vivió entre las tablas del teatro, entre las cámaras de vídeo, entre las letras, entre la música, entre el cine, entre la gente, entre el humo. Vivió tal vez más de lo que he vivido yo que, en pocos años llegaré a los veinticinco, vivió mucho más que los que hasta ahora tienen más de veinticinco. Sus pocos buenos amigos, entre ellos el documentalista Carlos Mayolo y el cineasta Luis Ospina, recuerdan a Andrés con aprecio, resaltan sus cualidades al igual que sus defectos y recuerdan, además, todos esos espacios que, en muchas ocasiones, llenaron ese profundo vacío que Andrés sentía: el colegio San Juan Berchmans, el teatro San Fernando, el Teatro Experimental de Cali, entre otros.

Caicedo murió a los veinticinco años, pero murió siendo grande. Sus pocos buenos amigos dicen que se suicidó porque era un joven solitario, oscuro, porque en él habitaba el terror, el miedo y el odio por una ciudad que era como un calabozo, dicen también que sus obras fueron un refugio para su soledad.

Hay mucha gente en Cali(calabozo) que no conoce a Andrés Caicedo, hasta piensan que fue un guerrillero, éstos, sin duda, no pertenecieron al grupo de sus pocos buenos amigos, pero yo agradezco a mi hermana y al teatro Matacandelas por haberme presentado a este particular personaje y agradezco a Andrés por haberme mostrado rastros de su vida en sus noches sin fortuna y por hacerme notar, en algunos momentos, que yo también estoy empantanada.

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Gracias a JACCO por el documental
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Las imagenes fueron tomadas de:
http://lnk.ly/c5zp
http://lnk.ly/ypn5

martes, 6 de abril de 2010

La historia de una par de cabañas

Hace algún tiempo mi hermana ya había escrito sobre esto, pero es imposible no volver a esa historia, y a esos lugares tan peculiares, tan familiares, tan de nosotros. Es imposible no hablar de esas cabañitas que, durante mucho tiempo, no nos desampararon.

Primero fue en Caldas, allí fue La Cabañita, con ella empezamos en este nuevo lugar y en ese cambio que estábamos sintiendo y viviendo. Mi papá la levantó, le puso pies y la echó a andar. Se convirtió en un lugar de encuentro donde los señores se reúnen a tomar unos tragos, los niños a comprar algún dulce, los muchachos a fumarse un cigarrillo y las señoras, simplemente, a ver pasar la gente.

Una mesa rimax, y sus respectivas sillas, daban el saludo en La Cabañita, más adelante una vitrina con dulces y mecatos y una rejilla con revuelto y frutas adornaban las paredes del lugar y para adentro, detrás del mostrador, donde estaban los infaltables cigarrillos y aguardiente, se encontraba el dueño del negocio, Don Samuel, mi papá, junto a su siempre amigo, San José. Allí, lo indispensable para una cocina: arroz, sal y azúcar (y también maíz, fríjoles, harina, etc.), un pequeño televisor y una estufa de un sólo puesto para calentar la arepa con mantequilla que mi papá se comía al desayuno.

Por la 49, calle donde quedaba La cabañita, pasaban las historias más particulares de Caldas, pasaban, por ejemplo, Mazo y Roña: los indigentes de siempre. Mazo era un poco loco, le gritaba a la policía y arrastraba por doquier un tarro vacío. Cuando lo escuchábamos sabíamos de inmediato que ya llegaba Mazo, tomaba alcohol antiséptico con frutiño y esto lo mantenía vivo, con alientos para gritar, despertarnos y hacernos reír un poco. No sé si aún beba esa dañina poción, pero lo que sí sé es que este autentico personaje aún sigue vivo y “hasta bien vestido” como dijo mi mamá cuando hace pocos días lo vio.

Por otro lado Roña. Según cuenta la historia, es un médico que pertenece a una familia de alta alcurnia pero a Roña no le gustaba este tipo de vida y cuando iban por él a la calle, éste no tardaba en volver a ellas para vivir, dormir y comer. Recuerdo, entre otras cosas, el día en que trató de robarse un plátano de La Cabañita, mi papá salió a regañarlo y a decirle que las cosas no se robaban y cuando vio lo que Roña había cogido, se dio cuenta de que tan sólo era un pequeño plátano que no había comenzado a madurar, esto sin duda, llenó a mi papá de tristeza. A diferencia de Mazo, Roña era callado, sereno y tranquilo.

Éstas son sólo algunas de las historias que pasaban por La Cabañita, sin contar por ejemplo a la señora de la carita quemada, al señor que no tenía nariz y se ponía una de plástico o algo tan simple como el alcalde a las siete de la mañana con cara de amanecido, un tanto despeinado y escoltado por un par de policías, él iba, seguramente, a comenzar su “extenuante” jornada laboral.

La Cabañita era para mí el mejor lugar de Caldas, allí pasaba la mayor parte de mi tiempo, antes y después del colegio y los fines de semana. Yo, así como las señoras, me sentaba a mirar pasar la gente, veía a mis profesores, a mis compañeros y amigos, todos sonreían, la pasaban bien y yo pensaba lo bien que se vivía en Caldas, la 49 parecía un río de felicidad y aunque al día siguiente pasara por esa misma calle un desfile fúnebre, al anochecer todo el mundo salía, comía, tomaba, bailaba, mientras que a mí me acompañaban mi papá, mi mamá y La Cabañita.


***

Tiempo después, cuando el destino decidió que nuestra estadía en Caldas se había terminado, fuimos, o más bien fueron mis papás, en busca de La Otra Cabañita, en busca de ese refugio que nos ayudara a vivir, que nos permitiera vivir y así fue; gracias a La otra Cabañita podíamos comer, salir, comprar ropa, ella nos permitió disfrutar muchas cosas valiosas, y nuestra casa nueva es muestra de ello.

A diferencia de La Cabañita, esta última daba la bienvenida a sus clientes con una vitrina repleta de dulces, desde los chicles a 50 pesos hasta los deliciosos e irremplazables nuggets de Milo (son, sin duda, mis favoritos) a 1500 pesos. Desde ahí lograba verse algo de parva y otras cosas como mermeladas, salsas, cereales y otros.

La Otra Cabañita era larga y angosta, tenía tres refrigeradores más la nevera de la casa, sumarían cuatro, contaba también con varias estanterías en donde descansaba gran parte del surtido de la tienda. Así comenzó, sin embargo con el paso del tiempo La Otra Cabañita exigió un espacio más grande, más cómodo, fue en ese momento en el que nos quedamos sin sala, pues en ella se instaló lo que fue la papelería del negocio, de nuestra sala sólo quedó el televisor, un viejo armatoste (a control remoto) que funcionaba con un par de golpecitos, con él mi papá pasaba las mañanas, las tardes y las noches. Un poco de Televida, de RCN, de Caracol y de lastimeras corridas de toros era lo que pasaba por el televisor. Éste aún sigue con vida y sigue siendo parte de La Otra Cabañita.

***

Ninguna de las dos ha muerto, ambas han sido vendidas y siguen perteneciendo a los lugares donde nacieron, la primera en Caldas en la calle 49 y la otra en la que fue mi casa, la de Bello como aún le llamamos. Ya no nos acompañan, en nuestra casa nueva ya no hay tienda, pues así fue como mi mamá siempre lo quiso: una casa grande y sin tienda. Sin embargo ella extraña a las cabañitas y no pudo contener la tristeza cuando La Otra Cabañita fue entregada a sus nuevos dueños. Ya no contamos con ellas pero contamos sí con un grato recuerdo, pues así como nos sacaron de una fuerte crisis cuando todos estábamos confundidos y en medio de la incertidumbre, nos regalaron también miles de alegrías y de buenos momentos, sobretodo a mi papá quien además de atender, conseguía amigos, los niños lo querían y lo buscaban y las señoras del barrio acudían a él a la hora de rezar un rosario o de dar la donación semanal para la parroquia de Santa Marta.

martes, 9 de marzo de 2010

Una pizca de erotismo

En proceso de actualización

Mientras tanto comparto este poema de la escritora y poeta nicaraguense Gioconda Belli:


Sencillos deseos

Hoy quisiera tus dedos
escribiéndome historias en el pelo,
y quisiera besos en la espalda,
acurrucos, que me dijeras
las más grandes verdades
o las más grandes mentiras,
que me dijeras por ejemplo
que soy la mujer más linda,
que me querés mucho,
cosas así, tan sencillas, tan repetidas,
que me delinearas el rostro
y me quedaras viendo a los ojos
como si tu vida entera
dependiera de que los míos sonrieran
alborotando todas las gaviotas en la espuma.
Cosas quiero como que andes mi cuerpo
camino arbolado y oloroso,
que seas la primera lluvia del invierno
dejándote caer despacio
y luego en aguacero.
Cosas quiero, como una gran ola de ternura
deshaciéndome un ruido de caracol,
un cardumen de peces en la boca,
algo de eso frágil y desnudo,
como una flor a punto de entregarse
a la primera luz de la mañana,
o simplemente una semilla, un árbol,
un poco de hierba.

Gioconda Belli(Nicaragua)

Más de sus poemas en http://amediavoz.com/belli.htm

La imagen fue tomada de http://www.elcastellano.org/belli.jpg

sábado, 5 de diciembre de 2009

Y para esta época...

Diciembre, sí. Felicidad, alegría, fiestas, regalos, música, luces, colores, árboles, Papá Noel, Reyes Magos y niño Jesús.



Diciembre, tal vez. Pólvora, algarabía, ruido, niños quemados, marranos cruelmente asados, calles sucias, licor, papás borrachos, papás secuestrados, papás desaparecidos, papás muertos, madres tristes, niños pobres, casas a oscuras, árboles sin hojas, regalos imaginarios y reyes que no existen.

Diciembre para unos…rutina para otros.

Nota: La imagen fue tomada de: http://lnk.ly/sgk6

lunes, 30 de noviembre de 2009

"Si no te mueres no serás libre"

“No me gusta jugar a la guerra” es una de las tantas frases cautivadoras que podemos percibir en la película iraní Buda explotó por vergüenza, en donde Baktay, una niña de unos 6 años sufre bastantes infortunios para ir a la escuela, y aunque tiene ganas de asistir, no cuenta con el apoyo de su familia, pues los miembros de ella, están ausentes en todo el transcurso de la historia y, aparte de esto, no cuenta con el dinero suficiente para comprar un cuaderno, un lápiz y un borrador que es lo mínimo que se requiere para ir a estudiar; es por esta razón que después de comprar el cuaderno, lleva consigo un lápiz labial de su mamá para poder escribir.

Sin embargo, conseguir el cuaderno no fue fácil y para poder obtener las diez rupias que costaba éste, decidió vender algunos huevos que había en su casa y de esta manera poder comprar el tan anhelado cuaderno. Esta imagen es, en mi concepto, una de las más desgarradoras de la película, pues es intolerable ver a una criatura que inspira tanta ternura, rogándoles a las personas de la plaza de mercado que le compren un huevo que cuesta sólo cinco rupias.

Sin duda alguna, Buda explotó por vergüenza es una historia que nos refleja la realidad de las mujeres en la sociedad iraní, y nos lo hace ver a través de unos cuantos niños, que en vez de ir a la escuela están jugando a la guerra y piensan en acabar con las mujeres porque son paganas, hasta el punto de taparles la cara con bolsas de papel y encerrarlas en una cueva. Es claro que si los niños tienen esa actitud es porque ellos lo ven en la sociedad, tal vez en sus familias, y es, en cierta medida, lo que su entorno les ha ofrecido: una convivencia con en conflicto y el terror.

Y es precisamente esta guerra “imaginaria” la que hace que Baktay llegue tarde a la escuela de niñas, después de haber sido sacada grotescamente de la escuela para varones, a donde asistió con su vecino Abbas, quien leía en voz alta y sin cansancio el alfabeto.

“No me han enseñado nada, he aprendido yo sola” es la respuesta que obtiene Abbas de parte de Baktay, después de asistir a la escuela, en donde no recibe un sólo estímulo de parte de la maestra, pues al igual que la ausencia de padres, existe también la ausencia de la maestra en la escuela, quien únicamente está al frente de un tablero preocupándose porque las niñas escriban correctamente los números. Y al final, Baktay no logra aprender las historias que pensaba conocer en la escuela.
Caras de tristeza, manos sucias y desgastadas, sonrisas inocentes, voces ingenuas y marcas de dolor, rencor y soledad son algunos de los factores que se pueden observar en el transcurso de la película, factores que ayudan a preguntarse el porqué de las injusticias sociales, no sólo en los países de oriente, sino también en todo el mundo, el porqué de la falta de recursos para la educación, el porqué de la guerra y el por qué de los niños “jugando” a la guerra, preguntas que nunca tendrán respuestas; al contrario, nos seguiremos preguntando lo mismo día tras día.

“Baktay, muérete. Si no te mueres, no serás libre”, es una de las últimas frases pronunciadas por Abbas, el vecino de la protagonista. A simple vista, puede parecer una frase muy inocente que se dice en medio del juego, pues para que éste acabara, la niña debía hacerse pasar por muerta; sin embargo, este mensaje puede ser para todos los habitantes de la tierra, pues es cierto que si no morimos, nunca seremos libres, estaremos a salvo sólo cuando ya nuestro cuerpo no exista. Por ahora, nos corresponde, entonces, arriesgarnos a vivir, a soñar con un futuro absolutamente incierto y a temerle a las balas, a las granadas y a las bombas (factores también presentes en la película) que pueden pasarnos por nuestras narices sin que lo alcancemos a notar.

Así fue, entonces, como Buda explotó por vergüenza, pero me atrevo a decir, que no fue sólo por vergüenza, fue también por tristeza y decepción de ver cómo las personas que lo siguen tan fielmente, han ido destruyendo, paso a paso, a la humanidad.

Ahora me pregunto, ¿será que nuestro dios también explotó por vergüenza y es por eso que ya no sentimos más su presencia?


NOTA: La imagen fue tomada de:
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lunes, 7 de septiembre de 2009

Luz de Luna



En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad.

Arthur Schopenhauer



Siempre me ha gustado escuchar las voces femeninas, la voz de mi madre, la de mi abuela, la de mis hermanas, y las de mis amigas. Pero hay otra voz, en especial, que me gusta de ellas y me atrapa. Sí. Es su voz en la música, nunca he dejado de pensar que una mujer que canta, confiesa y manifiesta su pasión, sus emociones y su alma.

Desde muy niña, en mi cuarto sólo se escuchaba la voz de mujeres como Amaia Montero de la Oreja de Van Gogh, Gwen Stefany con No Doubt, Amy Lee de Evanescence, Marta y Marilia, las chicas que bailaban solas, mi tocaya Laura Paussini, Ana Torroja con y sin Mecano, Rosana, Christina Rosenvinge y sus amigos, los subterráneos.

Con todas ellas aprendí que nos podemos ir a una playa y cantar la canción más bonita del mundo, que nos podemos enamorar de nuestro mejor amigo y pedirle que no hable, que nos podemos hacer daño, o que hemos tratado de decirnos, fuertemente, que el hombre que amamos se fue, pero que sigue aquí, acompañándonos su ausencia, o que simplemente, lo echamos a suerte porque ese gusano en la tripa, algún día, dejó de bailar. Aprendí que hay amores extraños, esporádicos, efímeros, problemáticos, frágiles, prisioneros, cómplices, amores que vienen y se van y que entre el cielo y el suelo hay algo con tendencia a quedarse calvo o que dos mujeres pueden darse la mano y hacerlo debajo del mantel. Aprendí que puedo vivir tranquila, sin pausa, pero sin prisa o que mil pedazos de mi corazón pueden rodar por toda la habitación.

Sin embargo, esto fue hace ya algunos años, y aunque todavía las recuerdo, ahora las mujeres, las grandiosas mujeres que invaden mi habitación son dos, ellas me recuerdan la belleza, la sensualidad, el coqueteo, la madurez, la fortaleza, la una con el tango, la otra con la ranchera, me han despertado las ganas de fumar mientras las escucho y de disfrutar de una buena compañía. Sus voces son fuertes, amargas, crudas, pero bellas, enormemente bellas, una voz argentina, la otra costarricense o mexicana y ambas cantándole al amor, a la soledad, al dolor y al placer.

Adriana Varela y Chavela Vargas, son quienes, en los últimos días me han cautivado con sus grandiosas voces y las escucho mientras me baño y me arreglo para comenzar mi rutina o para acompañar un tedioso viaje en un bus de Bello. Las escucho junto a mis hermanas, a mi mamá y a mi tía, tomando cuba libre, las escucho con la compañía de un buen vino tinto en una tarde fría y lluviosa, me traen recuerdos y me recuerdan también lo mucho que lo amo. Adoro la calle en que nos vimos, la noche cuando nos conocimos, adoro las cosas que me dices, nuestros ratos felices los adoro vida mia.

Con notas como …y en el fetiche de un afiche de papel se vende la ilusión, se rifa el corazón… del compositor Homero Expósito, descubrí la maravilla del tango, la dulce armonía que hay detrás de cada letra, la elegancia y la sensualidad que se esconde detrás de cada frase.

Con Adriana Varela, está Carlos Cardel, Enrique Cadícamo, Roberto Goyeneche, (Canta, garganta con arena, tu voz tiene la pena que Malena no cantó), Homero Manzi, Celedonio Flores, Piazzolla y Ferrer, por mencionar sólo algunos, a ellos también los conocí gracias a Varela, quien con sus tangos me los presentó.

También me acerqué a Malena, claro está, la que canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón, a la melodía del bandoneón y a las calles de Buenos Aires y comprendí que ese cielo azul que todos vemos no es cielo ni es azul. Aprendí, también, todo lo bueno, aprendí todo lo malo, sé del beso que se compra, sé del beso que se da, del amigo que es amigo siempre y cuando le convenga y sé que con mucha plata, uno vale mucho más.

***

La ranchera no es uno de mis géneros favoritos, pero escuchar rancheras en la voz de Chavela Vargas, es otro cuento y muy distinto, pues Chavela tiene esa voz que duele y que mata, tiene esa voz que llega al alma y que hace llorar desde lo más profundo. Chavela Vargas me hace vibrar de emociones y me llena de sentimientos.

De autores de ranchera no conozco mucho, sólo sé que a través de la dama del poncho rojo, puedo ver a este género con otros ojos y puedo disfrutar de las melodías dedicadas al desamor al mejor estilo mexicano, pues si bien, Chavela no es de México, huyó a este país a los 17 años y tiene esa presencia que la representa. Amante de Diego Rivera y Frida Kahlo e inmortalizada en un boulevard de sueños rotos que canta Joaquín Sabina.

Quisiera ser la golondrina que al amanecer, a tu ventana vino para ver a través del cristal, un bello cuadro sin duda alguna, así como los muchos otros que nos encontramos con las canciones que Chavela interpreta. Bellos, pero también tristes, desgarradores y nostálgicos.

Piensa en mi cuando sufras, cuando llores, también piensa en mi, cuando quieras quitarme la vida no la quiero, para nada para nada me sirve sin ti.

Yo quiero luz de luna para mi noche triste para cantar divina la ilusión
que me trajiste.

Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad. A dónde vas? Dime si esta noche tu te vas de ronda como ella se fue con quien está.

Yo que fui del amor ave de paso, yo que fui mariposa de mil flores, hoy siento la nostalgia de tus brazos, de aquellos tus ojazos, de aquellos tus amores.

Aprendí que las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas, aprendí que hay una luna que nos acompaña en nuestras soledades, que podemos ser andariegos y buscar un amor que tal vez está escondido, me di cuenta, con ella, que podemos ser golondrinas viajeras y que podemos acercarnos a Macorina. Con ella aprendí que hay un segundo amor.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Encadenado está Prometeo. Encadenados estamos todos




“La sangre derramada tiene historia
De siervos que murieron bajo el sol
Lleva en sí misma un corazón insomne
Que late a veces y otras veces no”

De La Sangre derramada.
Mario Benedetti



El dramaturgo y más poético de los trágicos griegos, Esquilo, nos presenta en su obra Las siete tragedias, a Prometeo encadenado, un desgarrador drama en donde se entrecruzan la compasión y el odio, la mentira y la verdad, la justicia y la injusticia, todo esto, en un mismo escenario.

En estas cortas páginas, no pretendo hacer un recuento de tan magna obra, ni tampoco ahondar en cada uno de los personajes que en ella intervienen, lo que pretendo, contrario a esto, es poder mostrar cómo una tragedia escrita, quizás durante el siglo IV antes de Cristo, la encontramos aún vigente en nuestra historia, en nuestra vida y es tan real, que la vemos pasar ante nuestros ojos, y pocas veces nos damos cuenta de ello.

“¿Ves qué has logrado de tu manía de favorecer a los hombres? Eres un dios y no tuviste a mengua desafiar la cólera de los dioses: traspasaste la norma de justicia para dar beneficio a los mortales…Esta es tu recompensa: erguido en esta roca, sin probar el sueño, sin alivio, sin descanso alguno, sin doblar las rodillas… estarás dando alaridos, te quejarás de continuo… ¡inútilmente! Inexorables son las entrañas de Zeus…, y un amo nuevo es duro siempre.”

El párrafo anterior no miente, podría ser un breve resumen de la tragedia, pues Prometeo fue encadenado por luchar por el bienestar de los mortales y así como Robin Hood roba a los ricos para darle a los pobres, Prometeo roba fuego a los dioses para darle a los mortales, fuego que dio a ellos grandes ventajas para su propia existencia. “En una débil caña puse la semilla del fuego que robé…esa que es la maestra de las artes todas para el mortal, su más precioso instrumento”

Prometeo pensó en ellos, en los mortales, cuando Zeus hacía la repartición de poderes, no se fijó siquiera en uno de éstos y fue el único que enfrentó la furia de Júpiter haciéndole saber que se equivocaba.

No nos hagamos los ciegos. A leguas puede verse que este tema no es nuevo y que si bien, no estamos encadenados por regalar fuego, es con la palabra. Sí, así como lo digo, es con y por la palabra con la que muchos mueren, han muerto o morirán o ¿debería decir…moriremos?

Jesús María Valle Jaramillo, por ejemplo, y a propósito de la conmemoración de su muerte, realizada hace pocos días, es un vivo retrato de lo que pretendo mostrar, pues fue asesinado por la única y simple razón de defender los derechos humanos. “El 27 de febrero de 1998, el abogado Jesús María Valle Jaramillo, Presidente del Comité Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos y defensor de los presos políticos de Antioquia, fue asesinado por paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia -AUC ".

No tenemos a un Zeus, pero tenemos a un Carlos Castaño, no está La Fuerza ni tampoco Efestos, pero están los paramilitares, los intermediaros en el asunto ¿Hay entonces alguna diferencia? Para muchos puede haberla, pues ¿cómo comparar a alguien tan majestuoso y poderoso como lo es Zeus, con un personaje tan vil y macabro como lo era (pues dicen que ya se murió) Carlos Castaño?. Está bien esa apreciación, pero ¿qué tal si nos vamos entonces con otro personaje?, alguien aún más “poderoso e inteligente” como el presidente Uribe o “Uribito” como es llamado por tantos para hacerle mención de diferentes maneras.

Suena contradictorio que alguien a quien la mayoría del pueblo alaba, sea llamado “Uribito”, pero estas son las contradicciones de nuestro país, un país que un día canta por la libertad y la paz, celebrando una independencia que no sabemos si existe, mientras al día siguiente se llena la plazoleta de una universidad pública, con un sinnúmero de fotografías de mujeres y hombres desaparecidos desde hace más de veinte años, más de veinte años encadenados, encadenados como Prometeo, expuestos al sol y al agua, sin lengua para hablar, sin ojos para ver, sin oídos para escuchar, solo con un par de piernas para rodar por los campos de este llamado “país independiente”, porque las manos están atadas, por temor a que cojan un fusil, disparen y salgan huyendo del monte.

“Tu infortunio deploro, oh Prometeo: de mis ojos brota un río de lágrimas e inunda mis mejillas con sus húmedos raudales. Zeus obra injustos hechos: fundado en leyes suyas arbitrarias ostenta su soberbia sobre los viejos dioses”. Otro argumento más que no podemos pasar de largo, visto en la obra de Esquilo, pues son esas lágrimas las que llora la injusticia, las que lloran las madres que esperan desconsoladamente el regreso de su hijo desaparecido, o las lágrimas que derrama una mujer, esperando por su marido en un cama que es para dos, no para uno solo.

Y precisamente, esto fue lo que pudo haberle ocurrido a la esposa del médico, ensayista y defensor de los derechos humanos, Héctor Abad Gómez, pues no tengo la menor duda de que Doña Cecilia, su amor y compañera inseparable, haya sido indiferente a tan tediosa tragedia, en donde muere uno más por defender los derechos humanos, por hablar, por darle voz a aquellos que no tenían, por denunciar y acusar todo eso de lo que difería y fue cuando un triste y, supongo yo, frío y gris 26 de Agosto de 1987, Héctor Abad Gómez “Cae de espaldas, sus anteojos saltan y se quiebran, y desde el suelo, mientras piensa por último, estoy seguro, en todos los que ama, con el costado transido de dolor, alcanza a ver confusamente la boca del revólver que escupe fuego otra vez y lo remata con varios tiros en la cabeza, en el cuello, y de nuevo en el pecho”

Tragedia nada distinta a la de Jesús María Valle o ¿por qué no? a la de Jaime Garzón, a quien doy el nombre de humorista – crítico –profeta, a la del político liberal Luis Carlos Galán Sarmiento, asesinado durante su última campaña electoral por personas dirigidas por Pablo Escobar, jefe de la mafia de la droga en Colombia, tenemos también a Jorge Eliecer Gaitán, fundador del movimiento político Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), Luis Felipe Vélez Vélez, Leonardo Betancur, ambos amigos de Abad Gómez, en fin, estos por mencionar algunos de los tantos que han sido condenados por levantar su voz, por ayudar, por hacer caer en la cuenta de la realidad a más de uno, por dejar semillas para la paz y no para la guerra, por aportar ideas con sentido y con coherencia, por haber querido y haber pretendido, así como Prometeo, hacer del hombre, del mortal, un ser con esperanzas para su vida, con recursos para subsistir, personas que no fueran menos que nadie, sino por el contrario, que fueran iguales todos, pero según parece, luchar por la equidad, fue, es y seguirá siendo un delito, no solo en Colombia o Locombia, si así lo quieres llamar, sino también en países como Argentina, Chile, Cuba, en donde las dictaduras generan, en mi criterio, confusión, desorden, violencia, pesadumbre, tristeza, rencor, odio, rechazo…Pero volvamos a Grecia, en donde hace miles de millones de años la situación no fue distinta y se juzgó a Prometeo por ir en contra de algo “¡Oh venerable majestad de mi madre; oh Eter que al mundo llevas en giro la luz común a todos…, bien veis cuán sin justicia padezco…!

Para finalizar, quiero compartir y resaltar en estas páginas ese hermoso poema que llevaba el ya mencionado anteriormente, Héctor Abad Gómez, en su bolsillo cuando lo mataron, se llama “Epitafio” y dice así:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
Y que fue el rojo Adán, y que es ahora,
Todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
Del principio y el término. La caja,
La obscena corrupción y la mortaja,
Los triunfos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
Al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
Que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del Cielo
Esta meditación es un consuelo.

La imagen fue tomada de: http://guajiros.udea.edu.co/Eva/Imagenes/abad.jpg

martes, 1 de septiembre de 2009

LA VOZ DE LA LLUVIA DETRÁS DE UNA VENTANA




Y me sentiré tan agotada después de vivir
en la ciudad que no me importará no hacer nada,
simplemente oiré caer la lluvia.

Tennessee Williams

Muchas veces la hemos oído mencionar, muchas veces la hemos sentido, a veces nos da rabia que llegue, otras tantas, nos alegramos de que esté acá, con nosotros. A algunos les gusta encontrarse en ella, pero otros, simplemente tratan de huirle. Sin embargo ¿cuántas veces nos hemos percatado de oírla, de escuchar ese mensaje, esa voz, que ella nos transmite? Y es que no es fácil escuchar la voz de la lluvia, claro está, pero si nos ponemos a pensar en el desamor, en la tristeza, en la muerte, en el hambre, en la pobreza, en la miseria, en los ojos de un niño de la calle, estamos escuchando la voz de la lluvia.

Yo pertenezco al primer grupo, al grupo de los que nos gusta sentirla, admirarla y percibirla y suena un poco raro hablar de lluvia cuando en este momento estamos pasando por una ola de calor casi insoportable, pero es precisamente esa razón por la que llego a este tema, pues pretendo, en estas cortas páginas que todos podamos sentir, escuchar y admirar la lluvia para salirnos por un momento de tan agobiante clima.

Curiosamente, hoy está lloviendo, hace un frío placentero para mí gusto, y miro la lluvia, la miro y detrás de mi ventana la escucho en medio de la soledad y el silencio, donde la única voz que me acompaña es la de la lluvia y ella me habla y me dice tantas cosas, me habla con sinceridad, con certeza, me habla de la naturaleza, de la degradación que el hombre le ha propiciado, me cuenta, por ejemplo, que a veces el sol no le permite salir, pues el calentamiento global, que pensamos nunca llegaría, llegó con furor y está acabando con el planeta y de paso con la lluvia, con la tierra, con nosotros, que como humanos, cada día nos resignamos más a esta situación y lo que queda ya, es aceptar nuestro error de no haber escuchado a nuestra maestra cuando nos decía que el planeta se iba a quedar sin agua, que no tiráramos basuras a las calles porque las cañerías se podían taponar, nunca hicimos caso de ahorrar un poco de luz cuando no la necesitábamos, o de bañarnos en cinco minutos para no gastar tanta agua, o lavar una vez a la semana, no, nunca hicimos caso a eso y ahora ¿el resultado? Nada de lluvia y hoy sí pensamos en que un poco de agua no nos caería nada mal.
“Ola de calor le cambió la vida a millones de ciudadanos. En Bogotá las blusas ombligueras reemplazaron a las chaquetas de paño. Vendedores de jugos y refrescos ‘hacen su agosto’. En Medellín autoridades conforman plan de acción para evitar los incendios forestales. Los bumangueses duermen con las ventanas ‘de par en par’.”
Hoy la lluvia se está desahogando, sí, ella también llora. Y me dice que le afecta enormemente tener que salir cuando sabe que le puede dañar la vida a miles de personas, que por su culpa un río o una quebrada se pueden desbordar y acabar con la vivienda de tantos inocentes. “Doce casas destruidas y unas 250 familias damnificadas dejan las emergencias causadas por las quebradas la Quiebra, la Mandalay, La Yunque, La Planta y La Valeria en Caldas, Antioquia.”

La lluvia, la bella lluvia, no es sólo vista cuando de manifestaciones climáticas se trata, a ella la podemos ver en nuestros ojos tristes, en nuestros hogares, cuando nos enfrentamos a nuestros hermanos y padres, en la soledad de las madres que esperan, infundadamente, a un hijo desaparecido, en la tristeza de una mujer que fue abandonada por su hombre o en el desespero de otra que no encuentra ya felicidad en su hogar, en los niños que tiene hambre en cualquier parte del mundo o que simplemente no pueden ser felices ni disfrutar de su infancia como otros, ya lo hemos visto en imágenes como en la película Voces Inocentes, dirigida por Luis Mandoki, en donde Chava, un niño de once años, se ve atrapado por las circunstancias y tiene que convertirse, entonces, en el “hombre de la casa” y de paso irse a la guerra para que no lo maten. Así mismo, nos lo ilustra también el escritor cubano, Guillermo Cabrera Infante, en su cuento El día que terminó mi niñez, aquí, Silvestre se da cuenta de que los Reyes Magos no existen y de que su madre necesita de su ayuda para trabajar y conseguir un poco de dinero, de esta manera, a Silvestre le corresponde asumir ciertas responsabilidades que lo harán convertirse en el “hombre de la casa”. Es de anotar que en ambos casos, se ve la ausencia del padre, una manifestación más de la lluvia en los hogares. Y muy bien nos lo dice el cantante uruguayo Jorge Drexler en su canción Disneylandia “Niños iraquíes huidos de la guerra no obtienen visa en el consulado americano de Egipto para entrar en Disneylandia.”

Sin embargo, ver la lluvia de esa manera, para mí es un poco difícil, pues como les dije antes, pertenezco al grupo que ama la lluvia y que la ve y la escucha como esa manifestación hermosa de la naturaleza, sin embargo, no podemos negar que la lluvia es vista, en muchas ocasiones, como un problema. En dichos como “Si por allá llueve, por acá no escampa” o “después de la tormenta llega la calma” o “cuando llueve no todos nos mojamos”, encontramos cierta inconformidad con la lluvia, con esa lluvia que nos da vida, que nos da campo, verde, flores, naturaleza, brisa y serenidad.
Quiero dejar en claro, que no estoy de acuerdo con los desastres que pueden ocasionarse por la lluvia, ni mucho menos me gusta pensar la lluvia como ese dolor en donde la podemos encontrar. Amo la lluvia, me gusta. Siempre he pensado que mis lágrimas son lluvia, por eso amo mis lagrimas, amo llorar y sentirme así, parte de la lluvia.

Escuchar la lluvia…escuchar su voz, es un ejercicio que todos deberíamos hacer en algún momento de nuestra vida, no limitarnos sólo al sonido que se produce sobre las tejas, sino escucharla y si es posible, si no le temes a los resfriados, sentirla, salir a la calle y correr y brincar en los charcos y dejar que tu ropa se moje, pues al fin y al cabo, ahí está el sol, para que nos seque la ropa que la lluvia nos mojó y de esta manera, su voz, la voz de la lluvia, se hace presente en nosotros y nunca le temeremos y podremos hablar como ella lo hace. “Hace demasiado tiempo que no hablamos…abierta y claramente. Cuéntame cosas. ¿Qué has pensado en silencio? Mientras yo he circulado como una postal sucia por esta ciudad… ¡Dime, háblame! Háblame como la lluvia, y yo estaré aquí echado y te escucharé.”

Foto: Tomada y editada por Johnny Cano Corrales. Sus fotos en http://www.flickr.com/photos/jaccourbano/