domingo, 12 de junio de 2011

Las dueñas de la calle


Son muchas, muchísimas, bellas, bellísimas. Son putas, putísimas.

Son las mismas de todos los días y en cada cuadra, en cada casa, en cada puerta están ellas en pie. Vendiendo compañía y esbeltez. Vendiendo sus cuerpos. ¿Y sus almas?, tal vez ésas no estén a la venta.

Mañana, tarde y noche, en cualquier momento del día, ellas son las dueñas de la carrera Cundinamarca.

Las raíces de su vida están ahí, en aquella larga y agobiante calle, listas para ser arrancadas cuando la vida misma decida, cuando lleguen otras, más bellas, más putas, a convertirse en las nuevas dueñas de la calle, en las nuevas dueñas del placer.

Sus esperanzas, en cambio no mueren, pues ésas nadie, ni la más bella, ni la más puta, podrá arrancarlas. Esperanzas que se nutren con las ganas de un hombre insatisfecho, de un hombre infeliz; esperanzas que despiertan con la sonrisa de unos niños que aguardan solos, en su casa, por un padre, por un plato de comida, por una prenda para vestir, un juguete, un cuaderno o un libro para salvar a su mundo, a su realidad.

Esperanzas acompañadas de tristeza y de rencor, esperanzas que se duermen cuando va cayendo la noche, cuando esa calle, caótica en el día, va adormeciendo sus aceras; esperanzas que se duermen con el último hombre que disfrutó del placer vendido…las esperanzas de aquellas dueñas de la calle que duermen, pero no mueren, esperanzas que nunca mueren.

domingo, 13 de febrero de 2011

Guayabal 141


Lunes, siete.

Mientras él cuelga en su espalda el costal repleto de zapatos rotos para ir a vender y revender, ella le acomoda los que caen al suelo con mucho cuidado, aunque en unas cuadras más adelante, caigan de nuevo algunos zapatos impares y ya no está ella para recogerlos.

Martes, ocho.

Hoy el calor es infernal. Mientras yo muero por un vaso con agua, allá, en la acera, una pequeña se emociona con un poco de agua sucia, en un frasco, que su mamá sostiene entre brazos. Ella bebe, enjuaga su rostro (que es sólo de felicidad) y mientras su mamá da una vuelta para quitarle el agua, ella, con un poco de malicia, trata de obtener su último sorbo de agua durante el resto del día.

Miércoles, nueve.

No para de mirar, sus ojos y su cuerpo van hacia arriba y hacia abajo. A través de sus gafas, su pucho de marihuana, su pinta, su actitud y su postura, se puede entrever el mandato, el poder que tiene en la cuadra. No lo observo mucho, me intimida. Le esquivo mi mirada a ese par de lentes oscuros.

Jueves, diez.

En medio del bullicio, de la gente, de los olores, del ir y venir rutinario, hoy hay algo extraño en el ambiente; una, dos, tres manchas verdes van saliendo de los locales. Hablan con ellos, los observan, los requisan. No son bienvenidos. Y el joven de lentes oscuros, esta tarde, no está.

Viernes, once.

En la misma esquina de los zapatos rotos, hoy hay para la venta camisas blancas; de todas las tallas, de todos los estilos, pero no de todos los colores, sólo blancas. Lleve las tres camisas blancas por $10.000. Y ese hombre, bien vestido, se agacha, las mira detalladamente, las huele, las selecciona. En su rostro puede verse satisfacción, las camisas no están en mal estado. Entrega su billete con el rostro de Policarpa y se sella el negocio con un apretón de manos.


Sábado, doce.

Otra fea tarde de un sol exagerado. Me monto al bus y no quiero perderme el espectáculo de los sábados al medio día. El comercio crece, la gente se multiplica, no hay por donde caminar. Ya no se reconoce a nadie. Hoy no son sólo zapatos y camisas blancas, hoy hay pantalones y chaquetas; celulares, controles para el televisor, toda clase de repuestos; muñecas, juguetes, triciclos y bicicletas; bolsos, maletas y riñoneras; hay música, películas y video juegos, revistas y libros; porcelanas y artículos de cocina; toallas, telas, más ropa, correas, maquillaje y artículos personales. Hay personas, borrachos, gamines, señoras, señores, niños y jóvenes. Todos trabajan, todos se mueven. Hoy no hay manchas verdes, están tranquilos, puede trabajar, apostar, jugar, fumar y beber, todo al mismo tiempo. Algunos venden mucho, otros no tanto, pero sí lo suficiente para llevar la comida a sus casas.



En la parada obligada de la ruta 141 de Guayabal, justo en el Centro Comercial Los Puentes, hombres y mujeres van y vienen, el comercio de lo usado, la clandestinidad de la marihuana y, a lo mejor, otros tantos psicotrópicos y la indigencia, aceptada como parte del paisaje; todo esto lo observo sólo desde una parada de bus, pero mis curiosos ojos se quedan allí, una vez retoma la marcha el 141.